El calor, además de hacerme sudar, me imbuía en un sueño pegajoso del que era difícil escapar. La luz era perfecta, parcialmente esquiva gracias al bamboleo de las persianas venecianas, creando una situación hipnótica que dejaba mi mente abierta a toda cavilación. Entre el guirigay de sonidos pude distinguir de su misma boca esa frase que tanto me gustaba oír fricar sus labios:
-"Déjame dormir y después te follaré con el doble de ganas"
Era demasiado tarde.
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