Todo es sabido por todos,
Nada se pierde en la nada.
Todo empieza (todos cambian),
Todo acaba.
1. Un momento en el comienzo
La mañana palidecía y se asomaba
por la persiana a medio cerrar. Yo me encontraba con los ojos entrecerrados,
deseando que todo lo que viera en ese momento fuera la continuación de un bello
sueño y no el fatídico momento de despegarse de las sábanas calientes. Tras
varias vueltas de campana, reiteradas comprobaciones de que mis pies seguían en
el mismo lugar y estado que la noche anterior, y calcular la altura de la cama –cosa
que supongo no me supuso más de 10 minutos- salí despedido, no sin alguna
sensación de mareo por la rapidez, con razones poco católicas que es mejor que no
sean redactadas.
A la vuelta de mi sacrificio -entiéndase éste por encontrarme de bruces con la luminosidad del día- revisé poco a poco mi tan adorado pero también odiado cuchitril. No hay en este lugar nada que destacar. Quizá lo más importante sea una cama de medio cuerpo –no me equivoco, no confundir con cuerpo y medio-, una mesa destartalada -el regalo más útil de la primera comunión-, objetos dispares tales como un poster de un viejo grupo fracasado, un tarro de la felicidad, o una guitarra que, haciendo memoria, no es de mi propiedad (aunque si ejercemos la lógica de la conocida frase “la tierra es de quien la trabaja” la guitarra, en ese caso y solamente en ese, me pertenece). El resto de objetos o no sé que son o es ropa sucia pudriéndose en la pequeña inmensidad de un mundo que era mío y que he olvidado. Es por eso que mis preciados libros, fuente de todo conocimiento y de la intelectualidad humana –aunque también panfleto de los poderosos-, se encuentran fuera de, como no decirlo, la pocilga que es mi habitación.
Vistiéndome a toda prisa para no
perder el autobús, corrí sin cesar un instante hasta la parada rota donde debía
esperar. Llegué un minuto y cuarenta y seis segundos antes que el mencionado vehículo,
eso sí, con la lengua fuera y la boca pastosa. En ese momento recordé, y más
que recordar fue un aviso clarísimamente inteligible de mi nunca satisfecho estómago, que no había tomado
absolutamente nada esa mañana, gajes del oficio. Asqueado por el sueño y con un
hambre fuera de lo normal arribé a mi destino.
La ciudad se encontraba bajo mis
pies, o ante mi mirada, según preferencias…
Gracias por tu coemnatrio en mi blog
ResponderEliminarEs un gusto
He estado leyendo tus entradas
Saludos