miércoles, 11 de enero de 2012

Reflexión a lápiz

Mirando al frente y sin darme mucha cuenta del momento y la situación en la que me encontraba, ensimismado como nadie y perdido como todos, me vi acariciando con ligeros movimientos circulares una pequeña barrita que rápidamente identifique con un lápiz. Pero, ¿qué hacia tal lapicero entre mis dedos?, ¿cómo había llegado hasta ese lugar? Bueno, eso al fin y al cabo no importaba.

En ese momento, pensando en la inconcreción de mis pensamientos llegó a mí la absurda idea del paso del tiempo reflejada en el susodicho lápiz. Increíble me parecía la dificultad que me suponía abrazar el lapicero entre los dedos de manera adecuada, como bien entrada mi niñez me enseñaron. ¿Cómo había pasado tanto tiempo sin haber utilizado tan magnífico instrumento, ese carboncillo envuelto en madera lacada? Y es que la rapidez de la vida moderna, el desenfreno de las idas y venidas, las ideas atadas a cometas y la predilección de lo funcional han relegado a estos instrumentos de escritura a un segundo plano. 

Lo funcional vuelve a pisotear lo complejo  -¡y qué complejo!- y destruirlo. Decidme, ¿Quiénes conocen la graduación de tonalidad de los lápices?, ¿De qué están hechos? Yo, como es obvio, no soy fabricante de lápices, aunque algo sé. HB (que no Herri Batasuna) es el tono medio, el más usado. Por todos es conocida la inquietante incidencia realmente continua del profesorado de turno con el dichoso lápiz HB y si no, derecho al infierno. El uso ya es otra cosa aparte. Miles de usos se le han dado desde que se comenzó a escribir con grafito, desde el técnicamente aceptado hasta el uso sexual tan poco común (o por lo menos eso espero).

Al final de mis cavilaciones, en un momento de despabilamiento fuera de todos los pensamientos en los que estaba imbuido anteriormente, me cercioré de que el lápiz que tanto me había dado que reflexionar tenía su punta desgastada. Esto me empujó a afilarlo, como en aquellos tiempos felices, con la ingrata sorpresa de no encontrar un dichoso sacapuntas en ningún lugar de mi no muy grande casa. Al fin y al cabo estos instrumentos son vivas metáforas de nuestros destinos. Nos consumimos al igual que ellos poco a poco, eso sí, siempre luchando, corrigiéndonos y sacándonos punta a nosotros mismos, y ante todo dejando un legado a nuestro paso, ni bueno ni malo, porque eso es relativo y sobre la relatividad ya entraremos otro día.

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