Mirando al frente
y sin darme mucha cuenta del momento y la situación en la que me encontraba,
ensimismado como nadie y perdido como todos, me vi acariciando con ligeros
movimientos circulares una pequeña barrita que rápidamente identifique con un
lápiz. Pero, ¿qué hacia tal lapicero entre mis dedos?, ¿cómo había llegado
hasta ese lugar? Bueno, eso al fin y al cabo no importaba.
En ese momento, pensando en la
inconcreción de mis pensamientos llegó a mí la absurda idea del paso del tiempo
reflejada en el susodicho lápiz. Increíble me parecía la dificultad que me
suponía abrazar el lapicero entre los dedos de manera adecuada, como bien
entrada mi niñez me enseñaron. ¿Cómo había pasado tanto tiempo sin haber
utilizado tan magnífico instrumento, ese carboncillo envuelto en madera lacada?
Y es que la rapidez de la vida moderna, el desenfreno de las idas y venidas,
las ideas atadas a cometas y la predilección de lo funcional han relegado a
estos instrumentos de escritura a un segundo plano.